Voces y Testimonios
Poco nos podíamos imaginar cuando el viernes 29 de Junio subíamos hacia el pueblo y, al coronar las “Rochas”, nos vimos sorprendidos por una gran humareda que se veía en dirección Villar del Arzobispo.

El humo iba ganando en proporciones conforme transcurrían las horas y el sábado por la mañana notábamos su proximidad y su extensión. Ya no solo lo veíamos por una sola dirección. El frente se había extendido.

De repente corrió la voz por el pueblo: estábamos incomunicados por Lliria, Andilla y Villar del Arzobispo. No dábamos crédito a lo que estábamos viendo, la Guardia Civil impedía la salida del pueblo hacia estos destinos. La única salida era hacia Altura, pero a las 13h ya no se podía salir por ningún sitio, estábamos rodeados.

A las 9h de la mañana los mandos de la extinción habían dado por descontrolado el incendio, que se había iniciado a las 16.30 del día anterior. Ni si quiera habían transcurrido 24 horas. Hicieron caso omiso de la ayuda que les podíamos prestar los habitantes del pueblo, la respuesta fue que no teníamos uniformes. Todos los medios que el pueblo tenía quedaron descartados: nuestras cubas, nuestras palas, nuestras manos... no valían; nos impidieron luchar por lo nuestro. Solamente podíamos aguantar rabiosamente el pavoroso espectáculo del que éramos receptores y tragarnos nuestra impotencia.

Encerrados, sin posibilidad de salir de nuestro pueblo, pues el incendio nos había envuelto totalmente y solo contábamos con la única defensa de los campos de labor que nos separaban del fuego. Benditos campos de labor.

El domingo 1 de Julio nos comunicaron que, sobre las 16h, aquél que lo desease podría abandonar el pueblo en un convoy camino a Villar por una carretera llena de baches y socavones que en Alcublas llamamos “la harán, la harán” pues esta proyectada desde la primera república y a fecha de hoy sigue siendo un camino rural asfaltado. La rabia se incrementó al pasar por el polígono industrial de Villar del Arzobispo y contemplar todas las personalidades y jefaturas que ilógicamente vivían el fuego en la lejanía con sus flamantes uniformes impolutos.

Ya prácticamente ha hecho un año del mismo y quizás lo único inteligente sea la naturaleza que ha brotado de sus cenizas.

Es tiempo de hacer balance de las pérdidas tangibles y de las intangibles. Los agricultores no han cobrado todavía por los daños que les causó el incendio y las pérdidas han sido cuantiosas.

Pero me referiré más a los daños intangibles.

No sé si existen mediciones de la calidad del aire que respiramos, pero estoy seguro de que los habitantes de la Huerta y de Valencia hemos perdido calidad, pues la desaparición de tantas hectáreas de bosque seguro que en algo han afectado.

Probablemente mis nietos puedan contemplar los bosques que mis ojos vieron, si mientras no les da por volverlo a quemar, pero las imágenes que guardo en mi memoria no se volverán a repetir. Nada nunca vuelve a ser igual.

¿Qué sombra tendré este verano en la que resguardarme de los rayos del sol?, ¿Qué verán mis ojos cuando los efectos de esta primavera me devuelvan las imágenes de mis montes quemados y devastados?, ¿Qué haremos con todos esos pimpollos que ya están brotando? ¿Nos pasará como en incendios anteriores, que se convertirán en cañares en vez de en bosques?

No obstante creo que las personas que viven en la ciudad son, quizás, las más afectadas por estas catástrofes y que deben de ser parte importante en la recuperación de los montes calcinados por el fuego. Los habitantes de las ciudades saber que los bosques también les son necesarios a ellos y tomar conciencia de lo importantes que son para nuestras vidas.

El alcance de este desastre no lo sabré hasta que pase un tiempo y mis ojos se acostumbre a la ausencia de vida vegetal arbórea.

J. R. Casaña. Naturista.


Proyecto Quemados! - ¿Quiénes somos? - info@quemados360.org